miércoles 9 de noviembre de 2011

Diario 08-12-11

Diario 08-12-11

Se podría decir que soy un tipo sencillo, de costumbres, y no les faltaría razón a aquellos que me conocen; pues en la sencillez de obrar y de expresarse, radica el entendimiento. Es algo así como decir que el perro aquel es marrón, y es así debido a que es su color natural, sin entrar en detalles que profundicen demasiado en temas que no sean de interés general ni humano. Si el perro es marrón es marrón, y no tendría sentido en ponerse a discutir por qué un perro es de tal color o de tal forma. Es su raza y su fisionomía, y no hay más vuelta que darle.

Espero que muchos de vosotros me entendáis en que, si digo esto es porque muchos se encierran en revesar cuestiones harto sencillas, y al ser los únicos que hablan de un tema u de otro, con la consiguiente novedad de gastar energías en un pensamiento fútil, corren a las redes de la telaraña, atrapando moscas que no la conocen ni son expertas en descartar cuestiones que no llevan a ningún lado, más que a una aporía evidente y frustrante.

Un perro negro, otro marrón, uno gris, y ninguno verde podrían ser temas de debate de locos—muchos de ellos filósofos valientes, poniendo en juego su salud mental—, pero creo que la dialéctica del conocimiento debería de ir en rigores científicos, al menos, para dar pasos en firme y no andar como un ciego por los caminos del error y la duda, senderos de traición.

Soy alguien de costumbres sencillas, como he dicho, y una de ellas, es pasear. Pasear solo. De aquí se podría extraer mucha información valiosa, de hecho, se podría deducir que soy alguien poco social, pero no es así. El motivo es otro: los valores que he aprendido y he puesto en práctica, son inútiles, desvaídos, y hasta el límite, un bien escaso y a punto de extinguirse. Avisados quedáis si, cuando la sociedad siga generando monstruitos os eligen como carne para pastar, a cualquier precio. Es, muy duro saber que la soledad proviene, ya no de ser una persona quizá, demasiado exigente con lo que considera un principio, un valor, como puede serlo tanto a la hora de buscarlo en las otras personas. Pero es un ejercicio de valor egoísta; pues lo que dicta la sociedad viene adecuado a un ritmo de vida y unas creencias; y ni lo uno ni lo otro, se puede poner en manos de las personas y decirles que es mejor o peor, sencillamente, es lo que puede llegar a ser. Sin ser lo que es mejor para uno.

No deja de antojárseme como una rareza, y debe serlo, pues crea auténtica fascinación en el resto, según mi praxis vital. No obstante, el precio es realmente alto: la soledad casi absoluta. ¿Conocéis mejor compañía que la vuestra? Para los que hayan dicho que sí, enhorabuena, sois tolerantes con cosas que yo no podría; y para los que hayan dicho que no: bienvenidos, sois exigentes y fieles a vuestros principios de un mismo color. ¿Tozudos? Puede, pero originales.

Mucha gente pasea día a día, y como yo, unos van de un lado a otro, con un rumbo fijo o por el solo hecho de pasear. Sin ir más lejos, hay un tipo al que llamo el pincel con gafas—cuerpo delgado y estirado de gafas enormes—, y no se puede negar que soporta el peso de la existencia. No negaré que me da lástima, y hasta puede que me conozca por ser alguien muy observador y crítico con cuanto le rodea, pero es así como se puede llegar al auténtico conocimiento y otro modo más defensivo de evitar la soledad. Para todos aquellos que me leéis os agradezco que lo hagáis, porque sin vosotros sería una mera sombra con la capacidad de caminar en los matutinos y en el ocaso; esa oscuridad que tanto me parece a la incapacidad de llegar a conocer del todo este mundo. Sin embargo, poder pasear y pensar no es del todo malo, pues es un regalo a la ciudad que te vio crecer y todo un arsenal de materiales con los que poder escribir e inspirarse. Ansío poder conocer a una persona con la que se pueda mantener una conversación y no lo haga una lucha de egos ni de raciocinios, tan sólo, por el grato placer de conversar y aprender, pero sobre todo, de compartir un pedazo de tiempo en tu finita existencia. Toda la gente que veo parece ser individuos fácilmente polarizados, y me atrevería a decir que los que andamos solos (como el pincel con gafas) soportamos el peso de las culpas y de los errores de la existencia. Aun así, no puedo negar que equivocarme me haya sido un pesar—que en muchos casos así es—, ya que en suma, todo ello contribuyó a ser escritor. Y escribir, es leer las lecturas de un mundo propio.

Hoy, encima de andar solo, me senté en un banco del paseo: viendo cómo los pocos amigos que están emparejados y condenados—bendito matrimonio en pecado o esposado— se preocupan por mí, con la frase tan gastada y cargada como bala al pecho que hace su mortal blanco: ¿qué tal te va?

¿Qué tal te va? ¿Sigues siendo un miserable que se esconde tras las letras, tras la ficción o la poesía, un oculto? Sí. Pero si no lo hiciera, no sería yo mismo, aunque no negaré—pues mentiría y me falta práctica si no es haciendo una novela de algo inventado—, en que anhelo poder cambiar ciertas cosas importantes, que por el momento, permanecen en el fijismo más firme de todos: enfrentarte al cambio de una realidad que ha vivido en ti durante muchísimo tiempo. Quién sepa lo que es convivir consigo mismo y buscar el santo grial en otros, sabrá muy bien de lo que hablo. Hasta la ciudad no cambia, con sus paseos de adoquines rotos, los megalíticos edificios, la avenida, el parque adornado con las luces de navidad, y la feroz construcción de pisos en lo que antiguamente se llamaba el “descampado del depósito”. A excepción de pocas cosas, otras fundamentales, no cambian.

Después de responder de la mejor forma que supe al ¿qué tal te va?, es innegable para mi interior y el exterior que se dibujaba ante mí, que hubo una tensión en mi alma. Algo parecido al blanco y negro de los perros, o al gris, pero de ningún modo al verde. Ese perro verde que sabía que no existía, eran precisamente mis posibilidades de cambio, nulas, y por construir: como la zona paralizada del descampado del depósito.

Paseando y caminando te das cuenta de lo que significa existir en soledad, y cómo otros sonríen y ríen, en unas abrasadoras necesidades sin apaliar. ¿Pero qué más da? Todo eso se puede enderezar, si se disponen de las fuerzas suficientes.

Si el tipo que es lo más parecido a un pincel de gafas se resigna, ¿será tan doloroso como yo quiero creer? En cada paseo, coincidiendo con él por los caprichos de la casualidad, se le ve sonreír, hasta podría decirse que disfruta con cada paso que da por los mismos sitios. Temo que esté loco, o algo peor, acostumbrado a su soledad. Soledad que, con el paso del tiempo algo de locura le traerá, pues hablar en silencio como un egoísta no es algo para mí compatible y semejante a amar el trato con los seres humanos, cosa que juzgo y critico, incluso la califico, lo sé, pero al igual que tengo antiguas costumbres sencillas, también tengo errores gordos, lo sé, pero estoy aprendiendo a corregirlos. Aunque me gusta hacerlo. Quizá sea un mal que no tenga remedio, como los pasos que arranco a mi sombra pensante.

Allí, andando y sentado, haciendo un número en el mundo, pienso y existo, luego pienso que existo, sin dejar de existir que pienso que debería pensar en existir de otro modo, dicho en otras palabras, pulir ciertas aristas con la vida; ¿puede decir alguien que es feliz con los golpes más que con una caricia o un beso? Si no lo ha conocido, puede que así sea para él, pero para mí, desde luego que no, aunque se aprenda muchísimo con ello.

Pondré como ejemplo lo que me dijo hoy un guardia que, al pasar por una zona cortada—cosa muy arraigada en mí, el espíritu desobediente—, me dijo con sabias palabras: ¿es que no ha visto el cartel?

Sí—le respondí—, claro que lo he visto, pero no hago caso de lo que me prohíben, pues es una parte que me pierdo de conocer. Aunque duela, aunque sea algo que te sobrepase, hay que llegar al fondo de todas las cuestiones, por muy dolorosas que sean.

Y aquí estoy, escribiendo un pedacito de mí, una parcela en la que vivo sin que me conozcáis ni yo a vosotros, y sin embargo, ninguno de los que me leéis habitualmente, me preguntáis el porqué. ¿Y por qué? Porque todos, formamos parte de todas esas preguntas, como fijas costumbres.

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