Habitaciones de ceniza
La madre de Bill había muerto. Desde hacía días, el semblante de Bill había cambiado, también su relación conmigo; prefiriendo la soledad del dolor, a cualquier apoyo amigo. Me daba miedo estar cerca de él. No por lo que pudiera hacer, sino porque ese dolor me traspasara la piel y se afianzara en mis huesos, como una enfermedad incurable. Hasta aquel día, nunca me había planteado la fragilidad de la vida, y la proximidad de la muerte que, como un hilo de pescar, arrastraba sin demora el sedal, con el paso de los días para reclamar su presa adquirida, con cada nuevo nacimiento en el mar de la descuidada vida.
Resultaba curioso y paradójico que tanto Bill como yo, no reparáramos en el fin de la vida, trabajando como lo hacíamos en unos hornos crematorios. Yo nunca fui alguien muy brillante en cuanto al pensamiento; estoy seguro de que Bill tampoco. Pero si que tenía una cualidad que le hacía diferente a los demás: su capacidad para soportar el dolor; a veces, había ampliado tanto el límite que, al romper las acotaciones conocidas de su miseria, había sufrido crisis nerviosas… supongo, que de ese modo prefería negar la vida, o afirmarla en un desenlace inevitable, sin hacer preguntas que le hicieran entrar en una pista circular de pensamiento, cuya única salida, fuera el suicido o una profunda crisis de conocidos y amalgamados nervios.
Yo, por el contrario, y sin que Bill lo supiera, me iba a ciertos y secretos clubs selectos y poco recomendables de los bajos fondos de Gretysburg, en donde podía disfrazarme de castigador, y soltar la adrenalina a golpes de fusta, en cuerpos que fueran vírgenes al sufrimiento carnal y espiritual. Reconozco que eso me aliviaba, incluso me liberaba de una tensión que hacía mucho tiempo venía soportando; mi parte favorita era cuando los llenabas de furia animal: violándolos y castigándolos sexualmente, de cualquier modo que no contemplara la gastada moral y pudiera censurarlo. El cuadro de los primeros días era desolador—me chocó la idea de un cura vestido de Mesías sexual—, pero el resto de las futuras visitas, era como una droga: sabías que era nocivo, pero el efecto que te producía, no lo podía igualar ningún sucedáneo placer sobre la infructífera Tierra.
Recuerdo que una vez hice la tentativa de comentárselo a Bill, pero era demasiado ufano para entender a las bajezas que puede llegar el ser humano. Su vida había sido un puente entre la obligación y la necesidad de cuidar de su madre… una vida aburridísima, sino hubiera sido porque dedicarse a esa virtuosa tarea, le daba una poderosa motivación a la que dedicar su existencia. Rota en mil pedazos por la pérdida que el tiempo y la enfermedad habían acordado.
—Oye, Bill…—no me dejó acabar la frase.
—Está muerta, Bob—dijo con la vista caída—; muerta—me miró con tal intensidad y dolor en los ojos, que logró incomodarme y arrastrarme a una furia interior arraigada con poderosa profundidad, desconocida hasta el momento para mí.
—Vamos hombre—busqué una palabra que rompiera aquel incómodo marco de diálogo—. Es ley de vida, Bill—levanté la vista, cambiando la dirección—. Mira este puto sitio… es para volverse loco.
Bill no respondió. Se envaró, como una tortuga que ve un depredador y se esconde en su concha; resultaba difícil creer que el dolor le hubiera transformado las alegrías de borracheras, alguna prostituta y alguna que otra pelea, en un ser pusilánime y desconcertado por su huérfana existencia.
—Voy a matarme, Bob, te lo juro—prometió con vehemencia—; está vida es una mierda—apretó los dientes, estirando los labios en ambas direcciones—. Sólo hay dolor, mucho dolor—comentó con la experiencia de la acritud.
—Eh, vamos, vamos. —Le cogí del brazo tratando de llevarle a otro extremo que no fuera su incipiente locura, con ánimos de vivir en su cabeza, pero me apartó, de un manotazo.
—¡No me toques!—exclamó, enfurecido.
—Bill, ¿qué cojones haces hombre?—no entendí esa feroz resistencia ante un poco de compasión—, ¿por qué nadar en la miseria? Mira este sitio…—de una ojeada me di cuenta de que no era buena opción el ejemplo que insistía en defender. El lugar, estaba lleno de polvo de ceniza que atestiguaba los restos de un abrasivo negocio, y el olor, no era mucho más amable para generosos planes de futuro. Trabajamos para el reloj de la muerte, y cada vez que había que darle cuerda, era un cadáver quemado de cualquier edad o posición social, sin contar la escala familiar. Lo peor eran los niños… resultaba imposible creer que el reino de los cielos fuera una caja de frío y lustroso metal, programada, para reducirlos a cenizas en una urna de doloroso recuerdo, transformado en un negociador polvo.
—He dicho que no me toques… Y ya veo este sitio—recordó—, llevo doce putos años trabajando en él; ¡doce años de mi vida gastados en una “idea” que se ha muerto!
—Creo que hundirse en pensamientos oscuros no va a ayudarte, Bill. Vámonos a casa… no deberías haber venido después de lo reciente que está.
—Para ti eso es fácil decirlo, Bob. Tu madre está viva, aunque no hayas tenido que cuidarla como si fueras su padre, ¿sabes lo que eso significa? Que no me ha querido nadie nada más que aquella que forzosamente debía hacerlo, sin sacrificar nada a cambio, ¿entiendes? Tú—recalcó con amargura—tienes a Rebeca, siempre te he envidiado por eso… aunque no te hables con el resto de tu familia.
La receptividad de Bill me sobrecogió, y no era algo fácil en mi persona después de todo lo que había visto en mi apagada vida. En esos momentos, supe que, el dolor de Bill, le había dado una mayor profundidad que la mía, en la cara oscura y amarga de la vida. Pero no conocía las bajezas a las que el alma puede descender.
—No voy a negarte de que la suerte me ha sonreído muchas veces, Bill… la verdad, no sé qué decirte. Yo no pedí lo que tengo.
Bill se quedó mirándome, con el hielo como maquillaje en su cara. Daba la impresión de que en dos días—fecha que selló determinante la fulgurante muerte por cáncer de pulmón de su madre—había envejecido doscientos años su figura. Si seguía de ese modo, en su frente podía leerse con facilidad la palabra “cadáver”.
Siguiente, en la cadena de la vida.
—Será mejor que me ponga al trabajo, Bob. Estoy cansado, muy cansado de todo esto…
Su cara giró en redondo para evitar mostrar unas lágrimas que se le saltaban del hervidero de dolor que eran sus ojos. Había una profunda cicatriz en su alma, que sangraba, sin curarse.
—¡Otro fiambre para la saca!—dijo divertido Nicolás, el transportista fúnebre, trayendo más ataúdes—. De esto no hay crisis, ni paro, ni…—se quedó petrificado al ver la insistencia de trabajo de Bill, y cómo se le tensionaba la mandíbula a punto de partirle el rostro en dos continentes irreconciliables. También apretaba los puños, en un estado de alergia nerviosa.
—No digas, nada, Nicolás—le ordenó con aplomo Bob—; es mejor dejar cómo está. Espero que no recaiga en otra de sus famosas crisis nerviosas. No creo que pudiera soportarlo.
Nicolás se colocó la gorra, haciendo un ademán de saludo, para luego, marcharse con la duda en el rostro. Sin duda, no era el trato al que estaba acostumbrado de mano de sus compañeros, pero quizá, no sabía que el estado emocional de Bill, estaba en guerra con todo lo que respirara a su alrededor.
—¿Qué estás haciendo?—le pregunté, acercándome a la órbita del dolor.
—Mido los planos, haciendo las distancias correctas—contestó con una fingida serenidad. Sus ojos, emitían un brillo sospechoso—. Hay que comprobar todo, ya sabes que si no luego el programa informático de los hornos crematorios puede…
La pausa detuvo el tiempo, sin el rutinario respirar en la boca de Bill.
—No te he preguntado eso—dije, rompiendo el hielo—: quiero que te vayas a casa…, ya me encargo yo, Bill.
No podía imaginar la reacción explosiva que tuvo.
Bill empezó a arremeter con todas los materiales de encima de la mesa, a destrozar el material informático, y a propender, que estaba en el “Infierno”. Temí que hubiera perdido la cabeza del todo; pero lo descarté al verle llorar en un rincón de la sala de preparación de cuerpos, como un chiquillo asustado.
—¡Oh, Dios! Muerta, muerta, Bill. ¿Cómo se puede vivir con esto? ¡Y lo peor es su memoria!, ¡maldito seas!—exclamó, reteniendo dentro de su cuerpo toda la rabia de la que era capaz de almacenar—. ¡Maldito! ¿Me oyes? ¡Yo te maldigo, Dios, Satanás, o quién seas!—la voz de amenaza se dislocó, en un profundo llanto que cifraba el entendimiento de cualquier palabra, en rotos sonidos de desesperación.
—Bill…—La conmoción me dejó mudo. Aquél hombre, que se jactaba de no necesitar sexo con una mujer que le quisiera, ni de tener que dar cuentas a nadie, ahora, había sucumbido ante las leyes de la vida, dando lugar al nacimiento de un temor doloroso, que le cambió por completo sus esquemas.
Todo el espacio se llenó de un silencio tenso, de una atmósfera de miseria que impidió romperla con la decidida palabra. Sólo el sonido de un pitido de control del panel informático, se atrevía a poner distancia entre, la responsabilidad del trabajo, y el dolor más infinito.
—Me voy a casa, Bob—compartió, incorporándose con dificultad—. Necesito pensar, pensar con calma… mi vida ha cambiado; ¿me cubrirás las horas que…?
—Claro, ve en paz. —Bill me miró como una mezcla de estupidez y arrogancia. Paz… ¿cómo obtenerla en aquellos despreciables lances de la vida?
Le vi marcharse, destrozado, dejándose la tarjeta de fichaje de entrada y salida. No era algo que me preocupara mucho, pues ficharía a la salida por él; por aquellas fechas en el calendario la palabra jefe era una ilusión, temida de semana en semana en los días más ajetreados, y ahora, la responsabilidad jerárquica estaba de vacaciones de verano, en cualquier playa que tuviera una nueva amante que le calentara la cama por las noches. Y un “piña-cola”.
Noté en mi piel el calor de las llamas, estando los hornos apagados. Quizá fuera un mecanismo del cuerpo para recordarme que tenía que trabajar: abrí el ataúd, viendo una mujer de avanzada edad, con las manos cruzadas sobre el pecho, toda vestida de negro, con crespón, y una cruz de plata que le tapaba los labios; como si la besara eternamente. Podría pasar por la madre de Bill… me prometí a mí mismo, llamar a mi madre en cuanto pudiera. Sin embargo, la rabia de una emoción crecía dentro de mí con la peligrosidad y el avance imparable del cáncer que sufrió Bill en su madre.
La llamé en esos mismos instantes, dejando el ataúd abierto como un envase que puede ponerse rancio, al haberlo sacado del frigorífico. Entrado en una lucha silenciosa de contrastes entre los vivos, y los que iban a ser quemados, inservibles para la sociedad trabajadora. De repente, vino a mi mente un comentario de Bill que hizo los primeros días: “No es esto un modo de mancillar la obra de Dios… ¿cómo quemar su obra maestra?”. Reconozco que la primeras veces da cierta responsabilidad hacerlo; con el paso del tiempo, la responsabilidad se pierde por el tedio, y el tedio, se transforma en rutina de sobrevivir. La lucha por la existencia. Fue la mejor conclusión a la que puede llegar en estos doce años de trabajo compartido con Bill. Y estoy seguro de que fue nuestra conversación más profunda en todo ese tiempo.
Tras llamar a mi madre, llamé a Rebeca. La echaría un polvo de esos que le tiemblan las piernas, y no pararía de gritar mi nombre: ansiaba el intercambio de vida, de fluidos vitales, no quemar más por hoy las estampas coleccionadas por la muerte.
Hacer el amor… ¡qué coño! Era follar, follar como lo haría más tarde en el club de castigo… Rebeca era un aperitivo, un calentamiento… Metí otro cadáver al horno crematorio… No somos divinos; la carne arde como el papel; y la ceniza, no es muy distinta de cualquier rama que se queme para una barbacoa.
Llamé de nuevo a Rebeca. La dije guarradas—con sonidos lascivos incluidos—, lo que la puso más cachonda. Pero con todo eso, no pude apartar la imagen de Bill de mi cabeza: ¿qué demonios estaría haciendo?
***
Bill entró en su casa. Nunca antes se había enfrentado a aquella cruda realidad; la casa, que un día retuvo a su madre como un ser suficiente para reír o llorar, los últimos días de su vida resultó ser una cárcel. Justo lo que era ahora mismo para Bill: la cárcel del recuerdo, la veía en todas partes, esperaba ver su fantasma por cualquier espacio habitable, ¡que saliera de cualquier rincón!: los últimos días de su enfermedad—terminal— verla, en un estado de degeneración que no daba momento de tregua alguna, fueron menos duros que los días de pesar eterno. La muerte la había dejado su marca, enamorándose de su vida. ¡Qué trampa más amarga era la memoria de un ser querido que se pierde! ¿Cuántos días restantes hasta su muerte estaría recordándola?
““Aquí estaba. Justo aquí—manifestó Bill, sin emociones que le gobernaran—; ¿dónde está ahora, Dios mío? ¡Cómo te desprecio!… por habértela llevado, ¡¿quién eres, un demonio sin corazón?! ¿Qué habría pensado mi madre en sus últimos momentos de vida…, cómo estaría el mapa de su corazón asustado y desgarrado? ¡Eres un miserable, un dictador que cosecha amor forzoso!”“.
Bill, se derrumbó en otro rincón. No sin antes, golpear las paredes a puñetazos, notando paralelamente un acuoso dolor, sin división para el placer de evadirse por la ira de hueso y carne desollada.
““Mamá… te echo de menos—dijo llorando amargamente. Después, grito, dando rienda suelta los venenos que habían infectado su alma y su pensamiento—. No debía haber nacido; la vida es alegría, pero es en el dolor en donde se vive día a día y nos encontramos”“.
Cogió una chaqueta del perchero, de color marrón oscuro, sin prisas por volver. Dedicó una mirada a lo que dejaba atrás sus pasos, viendo un generoso adorno maternal en el lugar, de cuadros, fotos, sillones, mesas, sillas, colores de pintura… todo le recordaba a su madre.
““Mamá…”“
De un portazo con su primer encontronazo vital, dejó la casa. Vacía, como él se sentía por dentro. Estéril a cualquier alegría por vivir de ilusiones perdidas. O alucinaciones aconsejadas por otros, a los que la vida les sonreía; felices, de no tener que soportar tales desgracias mundanas sobre sus hombros. Agitadas, en su solitaria oscuridad interior, como un negro haz luminoso en su pecho, que no desaparecería jamás.
***
Bill había echado un polvo de campeonato a Rebeca. Hasta ahora, se había limitado a cumplir lo mejor que podía, dejando una línea en su interior para la cólera y el deseo: unidos por la causa común que ejecutaría más tarde en los clubes. Sin embargo, esta vez la impronta de la situación salió como oxígeno nocivo por su piel, castigando sexualmente a Rebeca, que escapó del miedo más razonable y lo tapó, en una pasión indómita.
—Por Dios, Bill, ¡qué polvo! Me duele todo el coño. ¿Por qué me has mordido los pezones?—Había un elevado tono de protesta en su voz y gestos.
—Me parece bien…
—¿Qué pasa? ¿No has sentido lo mismo, eh?—le preguntó, con aire interrogador—. ¿O me estás tomando el pelo con ese sentido del humor tan raro que tienes?
—No, joder, no es eso—su frente se arrugó—. Es otra cosa—comentó, apartando su mirada de la de Rebeca, en un horizonte lejano. La oscuridad, dejó un luminoso antifaz en sus ojos—. Hace unos días murió la madre de Bill, de cáncer. Está destrozado.
—¿En serio?, ¡no bromees con esas cosas!—Torció sus labios, coronados por una mirada dilatada de horror, para más tarde, recobrar la compostura—. Es normal. Yo estaría igual.
—¿Te parece que esto es producto de mi humor raro?—Bob pensó que bromear de eso sólo podría ser producto de una mente enferma—. Claro que no bromeo, hay que tener pocas tripas y un corazón roto para bromear con algo así.
—¿Quién es Bill, tu compañero de los crematorios?—Se subió la blusa, habiéndose colocado antes el sostén.
—Sí. Pero, mira—una vena de incómoda sensación le recorrió la sien—, prefiero no hablar del tema. Es algo que tendré que ver todos los días, y no es para nada agradable, créeme.
—Bueno, no te pongas así… ¿qué te parece sí?
—No, me voy—resolvió, adivinando sus intenciones—. Tengo cosas urgentes—dijo, con una imperiosa necesidad en su voz.
—¿Más importantes que esto?—se cogió los labios de su coño entre sus dedos, como si fuera una pinza sexual.
—Ahora no, Rebeca. No es el momento. —La ordenó, con lasitud.
Bob se bajó del coche, alejándose de los gritos de demanda atención de Rebeca. No había ni tiempo suficiente ni ganas de montar una escena; aquel día, era sólo para liberar tensiones, reservando lo mejor para el final. Utilizando un ciego egoísmo, que iba calculando cuidadosamente con cada uno de sus pasos que le separaban de su verdadera revelación. Como ya dijo: “Rebeca era sólo un aperitivo a su perversidad”.
El Sol, comenzó a ponerse, dando paso a una acertada oscuridad. Había gritos de discusión en los pisos superiores, y ladridos de perros, al intruso que se paseaba por la acera de sus dominios. Vigilantes peludos.
Los bajos fondos de Gretysburg. La ciudad de la perversidad, sin ley, sin reglas, todas subordinadas a lo mismo: el precio del dinero por el del deseo, vetado, en las esferas civilizadas.
***
Bill se culpaba ahora por todo lo que podía haber hecho por su madre; flaco favor le había regalado todos estos años, dedicando sus esfuerzos cuando era necesario, sin haber hecho mucho más por ella. Ahora, tenía que convivir con el pesar de su pérdida y un trabajo irrealizable que, esperaba poder perdonarse a sí mismo, o aprender a convivir con ello durante el resto de su monótona vida. De ahora en adelante, tendría que actuar al margen de la decisión que había tomado la vida por él: la de dejarle sólo en sus miserias y recuerdos partidos, en las agudas aristas del tiempo que le producían un afrodisíaco dolor de cabeza.
Sentado en un bar, dio rienda suelta a la cabalgata del olvido social: la borrachera feliz del alcohol.
—No es bueno ahogar las penas en alcohol. Los problemas, siguen estando. —Dijo el camarero del bar de la esquina donde vivía, el bar Joaquín. Un sitio que habría pasado desapercibido para él, si hubiera tenido un poco de felicidad.
Bill no levantó la vista del vaso. Pensando cuánto tendría que beber para perder el sentido. Cosa que le hizo sentirse ridículo.
—Oiga, si quiere puede hablar conmigo, no hace falta que se castigue de ese modo.
De dentro de la cocina salió una mujer bajita y globulosa, reponiendo las bandejas de aperitivos. Daba la impresión de que la clientela, no tardaría en llegar.
Bill siguió sin responder; estaba demasiado aturdido como para comentar su realidad, exteriorizar las venenosas crudezas de la vida que le roían por dentro, era reclamar una confianza que nunca había tenido con nadie, y que, en cierto modo, le daba la bendita seguridad de la intimidad. ““¿De qué serviría confiar en este tipo?—se decía para sus adentros—”“.
—Póngame otra, ésta, ya se ha acabado…
El camarero, al que Bill bautizó con presunción como Joaquín, le llenó el vaso.
—Verá, yo dejé el alcohol hace catorce años, y el beber de ese modo para ahogar las penas no se me escapa. ¿Mal de amores, quizás?—preguntó, sondeándole con la mirada de un sabueso.
Bill levantó una desafiante visión, en la misma dirección que los ojos de Joaquín, pero promovida por dos emociones distintas; ésta era, una poderosa ira.
—Los amores son pasajeros, y yo estoy desecho por otra cosa distinta…—el dolor, se asomó en unas enrojecidas venas en sus ojos.
Joaquín pareció advertir la gravedad del problema. Antes de que pudiera abrir la boca, la globulosa mujer de la cocina, le llamó a gritos.
—“Jesú”, cuántas veces te he dicho, que no hagas eso; si supiere lo malo que es, ande ve…
Los primeros clientes, entraron en el bar. Bill, siguió bebiendo solo, con profundas lamentaciones del día en el que había nacido. ¿Por qué se merecía dolor semejante, si había hecho todo lo que hubiera hecho en su lugar un buen samaritano?
—Otra copa, Joaquín…—El calor del líquido de la felicidad, le obligó a abrirse el primer botón de la camisa, secándole la boca. Sin embargo, no todo estaba perdido, sin ánimos de contenerse y de dejar atrás lo que su cuerpo aguantara, torció una embriagada sonrisa de triste felicidad.
El líquido cayó de la botella al vaso, trasegando sus deseos de olvido y censura a la timidez del comportamiento. ¿Por qué iba a ser malo, si le hacía feliz?
***
Bob entró al club de “the blood dirty”, con los nervios a flor de piel; cada día era una nueva experiencia, pero el día de hoy, suscitaba unas energías en su interior que darían gritos y emociones distintas, no le cabía duda. Los primeros pensamientos que vinieron a su cabeza, fueron mucho más importantes que los segundos: detalles superfluos de cómo y qué disfraz escogería para su momento de placer. El precio no era barato, pero valía la pena pagar por ello. El coño de Rebeca no era razón suficiente para vivir sólo del sexo. Ni de su graciosa manera de traducir “cómeme el coño”, por “cómeme el rape”.
Pegó a la puerta en un ritmo, que sonó a sinfónica contraseña. De la parte superior, se descorrió una pequeña abertura a modo de cerrojo visual que, dio paso, a una profunda voz que competía por el liderazgo de sonidos con el exterior.
—¿Qué quiere?—Preguntó, desde unos ojos animales y una voz intimidante.
—Hacer uso de los servicios de “the blood dirty”; soy Bob, cliente habitual.
Eso no pareció tranquilizar a la presencia del otro lado, que, en un prolongado silencio, le volvió a presionar:
—¿Sabe que por el simple hecho de estar aquí podemos matarle? ¿Cuál es la seña?—ladró en unas palabras, cargadas de tempestuoso odio.
—El puente entre el hambre y el amor, es el placer del dolor. El Dios de la carne, el hambre y el deseo—Recitó de memoria.
La comunicación visual se cerró. Dando paso, a la abertura de cerrojo de la puerta.
Bob no conocía al que le liberó el paso, debía de ser nuevo, seguro. Al entrar en el interior, el manto asfixiante de los muros y el silencio, junto a la decoración sexual enfermiza, le puso en alerta. Hacía tiempo que no venía, y había habido cambios, sobre todo en seguridad.
—Supongo que habrá traído el dinero. —El matón se divertía con la escena.
—Sí, claro—Bob notaba cómo se le aceleraba el corazón, cómo la sangre bullía en sus venas y palpitaban, bajo su piel asustada.
—Cómo verás—su cara era pálida como la de un muerto, de facciones endurecidas y lesionadas por las feroces peleas—hemos reforzado la seguridad; hace una semana a algún enfermo se le ocurrió la brillante idea de matar a una de nuestras chicas, dando rienda suelta a su perversión impagable.
—El precio, fue muy alto. —Secundó otra desconocida voz.
Bob se sintió incómodo con esa idea, pero no se iba a echar atrás ahora que estaba cerca de probar su dosis; sacó el dinero, y vio el brillo y la alegría en el rostro del guardián del orden. Pasaría perfectamente por un pugilista sangriento.
—¿Cuál escojo? Supongo que la numeración ha sufrido cambios, ¿no?
—No, te equivocas—le corrigió con satisfacción—, eso sigue igual. Puedes elegir la que quieras, menos la última puerta; allí irás—le amenazó con los puños en alto–, si se te ocurre la brillante idea del anterior cadáver que te acabo de contar. Si lo haces, lamentarás haber nacido.
Bob se sintió intimidado con el hecho de que en la última puerta, hubiera un cadáver. Hasta hacía poco, no se había necesitado una fuerza mayor que la muerte, y por la idea de un loco, todo se había complicado. Pero eso no le apartaría de sus verdaderas intenciones: castigar el cuerpo inocente con el placer que eso llevaba añadido; sentir la sangre saliendo de la piel, cuando tenía que estar guardada como un tesoro vital; y el sexo, el placer de sentir los interiores cavernosos y cálidos del frenesí más animal que la sociedad había atrofiado en ceremonias obsoletas e infantiles.
Bob siguió andando, rumbo a cualquier habitación. Le atraía y le impresionaba al mismo tiempo la idea de que, en la última puerta, hubiera un cadáver, pero no había nada más justo. La ley de talión, era la solución más acertada a un problema que no debía imitarse. Si de algo podían presumir allí, era de tener un criterio propio, y unas leyes inflexibles. Hasta para el color del dinero.
Escogió la quinta puerta. Entrando en penumbras, en un espacio, que era difícil llenarse por dos personas.
***
—Seguramente tenga un buen motivo para beber tanto, amigo; pero no debería dejar que sus recuerdos le gobiernen. Créame, no hablo por hablar… yo dejé de beber hace mucho tiempo, y estas cosas, no se me escapan.
Bill no contestó. Miró el vaso, viendo reflejada su silueta en él, haciendo ondas de pensamiento al moverlo de un lado para otro. Le costaba acertar el movimiento preciso, y era evidente, que había bebido demasiado.
—Dígame, si no es un mal de amores… ¿qué carga pesa tanto?
Bill le sostuvo una mudada mirada, cuarteada por el alcohol y el dolor que, poco a poco, iba conquistando su semblante.
—Puedo llamarle Joaquín, bueno—sonrió—, ¡qué demonios! ¿por qué no?—Su cabeza de movía de un lado a otro, dando la peligrosa sensación de que se podía caer por cualquier borde del asiento—. Es la muerte, Joaquín. ¿Acaso puede haber un mal mayor que ése? Yo no entiendo nada de amores… ni quiero saberlo—dijo con una acrimonia en la voz, mientras masticaba las últimas sílabas. El canto de su dolor, se arremolinó en las palpitaciones de sangre, que se acumulaban en sus sienes.
Joaquín palideció. Ahora, se había dado cuenta de que se había equivocado al evaluar el dolor de aquel hombre; estaba consumido por las leyes de la vida.
—Siento oír eso—manifestó, afectado—. No sé qué decir…—Continuó diciendo, mientras limpiaba un vaso—, supongo que sólo se puede ir hacia delante. —Había muestras de arrepentimiento en su voz.
—Pues no diga más que eso, y póngame otra…
—¿No cree que ha bebido demasiado, hombre?—Su rostro se dibujó en otro de responsabilidad ajena, dudoso de que más bebida, no pusiera en peligro su integridad moral y física.
—Yo creo que no, todavía puedo recordar. ¿Una trampa mortal esto de la memoria, no le parece?—Sus ojos bailaron de dolor como micas relucientes ante el recuerdo emergente de su madre ardiendo.
—Veo que esa herida que tiene en el pecho del corazón está muy abierta, y muy reciente, amigo mío—dijo en sana confianza. El cuerpo de Bill temblaba de ira, mientras salía por la herida simbólica de su espíritu años de odio y desprecio a sí mismo y al destino que había sufrido su madre—. He visto muchas cosas, y muchos hombres sucumbir a la botella, pero usted puede que esté a tiempo; es un suceso con el que hay que aprender a convivir.
—¿Vive su madre?—preguntó Bill, con aire escrutador.
Un peso invisible se posó en las cejas de Joaquín. Sus facciones se endurecieron, y la oscuridad, le pintó la cara en una malsana sensación.
—No. Desde hace mucho tiempo…—repuso su semblante, tragándose unas ocultas palabras—. Al principio odié, desprecié, y me transformé en otra persona. Debería haberme visto, no me reconocería; si no hubiera sido por Carlita…
—Su mujer—comentó Bill rápidamente, aguantado una arcada en sus embriagados labios.
—Así es—le confirmó—. Estoy convencido de que un hombre no puede vivir sólo de malos recuerdos: pueden matarte. Debería construir una vida, en vez de despreciar lo que tenga—desvió la conversación, al ver el mapa de reacciones en su rostro—. Yo la idolatro, ¿sabe?—compartió con afecto—. La imitó en todo lo que puedo, es un ser de Dios excepcional. La quiero con locura—confesó.
Ésas últimas palabras se colaron en los laberintos de la mente de Bill, tocando una tecla que le hicieron una turbulencia interior. Como una luz que crecía, poco a poco, entre años de dolorosa y rutilante oscuridad.
—¿Qué es usted, un cura?—Le miró con una irónica sonrisa de satisfacción, asombrado por la percepción interior de Joaquín.
Joaquín sonrió, tristemente. Luego, elevó una cómplice ceja.
—Le confieso que no, pero soy un amigo. —Joaquín le extendió la mano para estrechársela; al principio, hubo un momento de tensa calma, pero luego, unieron sus lazos, en un fuerte apretón de manos.
—Me ha convencido, me voy a casa. —Se incorporó, a duras penas.
—¿Quiere que le pida un taxi?—Joaquín miró al otro lado de la barra, percatándose de que habían entrado un par de clientes, adictos a las borracheras de largo recorrido—. Ahora mismo les atiendo, un momento.
—No, no—se agarró del quicio de la puerta de salida—. Es peor de lo que parece; de todos modos, amigo, estoy cerca de casa. Gracias. —Con un ademán cordial se despidió del bar, sintiéndose como en su segunda casa. Aunque, el verdadero reto era enfrentarse todos los días al mismo recuerdo de su madre, al hecho de que estaba solo y, no sin menor importancia: que debía de transformarse, en una persona totalmente distinta con carácter urgente.
Con el ruido de sus irregulares pasos, entró al portal. Los vecinos del pasado en su mente, se agolparon. No podía evitar recordar las carreras de llamadas a urgencias, con cada achaque mortal que asustaba la vida de su madre; el diagnóstico de la enfermedad terminal, la morfina, los quejidos de dolor… su desgaste físico que hacían caer legajos de vida de su cuerpo; en fístulas enormes, esputos ennegrecidos, respiraciones asfixiadas, y dolores llenos de profundas lamentaciones.
Su respiración se aceleró. Tuvo que apoyarse, las piernas le fallaban. El corazón bombeaba con fuerza e insistencia, haciéndole peticiones furiosas de demanda emocional; a lo que, en consecuencia, Bill tuvo que ordenarle que bajara el ritmo. La borrachera se había apoderado de su coordinación, haciéndole reaccionar como un pato mareado, sin poder acortar el tiempo de espera que le sangraba como una herida mortal. ¿Todos los días serían iguales? Se replegó entre sus piernas, cayéndose de culo… sin embargo, con fuerza de ánimo e ímpetu, cedió a la sensación de enfrentarse a la realidad; día tras día, como una batalla que debería de luchar todos los amaneceres. Por la dirección de su mirada, dedicó todas sus atenciones a subir por las escaleras, agarrado del pasamano, como un familiar comunitario. Transformar su vida y su persona, era una apuesta desesperada por el olvido, de enterrar, un pasado del que no podía hablar.
***
—No me lo puedo creer—dijo Bob, al penetrar por el umbral del todo y ver las prolongaciones de las torturas de la pared. Fustas, máscaras de oscuros pinchos, vestimentas lujuriosas, porras con clavos, cuchillos de diferentes tamaños y cortes…
En la cama, tapada por la oscuridad regulada de una bombilla, había una dama, disfrazada de ángel oscuro para ser castigado. Su espalda, estaba libre de ataduras de vestimenta, ataviada sólo con la piel que le dio la naturaleza.
Una oscura ansiedad se apoderó de Bob, notando la llamada de la sangre y del placer de producir dolor, encendiéndose en su corazón. Calentando su sangre.
Se desnudó, vistiéndose como un cura, de máscara celestial. Con la indumentaria como su verdadera piel, sintió que era un ser superior, un servidor de ejecutar los dignos placeres del amor animal y el dolor de la carne.
—Castígame, castígame…—Dijo el oscuro ángel que se debatía en la cama, sacando la lengua como una serpiente por la máscara. Allí no había pecado, pero si el castigo de todos los libidinosos deseos de la raza humana.
“El pecado original”
Bob cogió la fusta. Pero se paró por un momento… ¿Qué tal la porra de clavos? La ansiedad de producir dolor con una fusta sería demasiado lenta, y su corazón le atenazaba el alma, pidiéndole una furiosa liberación por las rejillas de su piel.
Cogió la porra de clavos. Él oscuro ángel pareció sentir miedo, pero fue una impresión pasajera. “Castígame, castígame”. Bob se aproximó, blandiendo por encima de su cabeza la espada de Damocles.
***
A duras penas Bill entró en casa. Había empleado un tiempo precioso en hacer una tarea tan sencilla, pero el estado en el que estaba, no era el más idóneo para estar en posesión de sus facultades. Sin embargo, no pudo evitar sentir el miedo de volver a convivir con el dolor; de saborear el miedo y la desidia de la frustración a partes iguales; de estar solo con su propia existencia, cosa que la sentía como un desperdicio vital. Las decisiones que se habían tomado en aquella casa, ya estaban en sus dominios, sin necesitar de otra persona más que de sí mismo.
Con un coraje renovado en las tripas, abrió la puerta. La oscuridad se asomó en su interior, comprobando que la soledad era el habitante eterno de aquellos muros. Había vuelto a su rutina, que amenazaba con matarle con el tiempo.
Encendió una luz, dejando la puerta de la entrada abierta. En contadas ocasiones, no quedaba más remedio que arriesgarse, sosteniendo el péndulo de la vida. La claridad le calmó el resquebrajado ánimo, dándole una falsa seguridad que no evitó en una lontananza sorpresa desagradable. En un rincón, sonaba una mecedora, balanceándose, sin ninguna persona que la moviera.
El suelo, tenía pisadas de sangre, dibujando un sentido. Un herido rastro, que ocultaba al portador de los pasos.
***
Bob pasó los clavos de la porra por la desnuda piel de su castigado. Ambos sintieron una especial conexión, conectados por el bien común del castigo. La piel, trataba de replegarse, de escapar a un arma que podría herirla en exceso, desgarrando su manto en jirones de carne y sangre. Pero Bob no iba a desperdiciar esta oportunidad; sabía que era el momento perfecto para demostrar lo que podía hacer, sin reservas. De todos modos, había una serie de agujeros ocultos en las paredes, además de otros de difícil acceso, seguramente, para grabaciones furtivas, o peticiones de auxilio porque no mataran a sus clientes o trabajadores. Su carne y delirios, estaban asegurados. También ésta parecía nueva: debían de tener un amplio negocio de tráfico de castigados, o quizá, estaba mejor pagado de lo que se podía llegar a pensar. En cualquier caso, Bob no quería perder el tiempo en explicaciones que no le llevarían a ninguna parte.
Golpeó con fiereza, salpicando la sangre por la espalda. Un grito de sorpresa no tardó en aparecer, pero eso le excitó todavía más. Volvió a pegar, insistentemente. La columna, no tardó en crujir… Apareció en la siniestra aura del ambiente, el sonido de un carrete; alguien lo estaba grabando para su pinacoteca de negocio. ¿Podéis imaginar lo que hay debajo de la carne, después de quitar la piel?
—Me lo agradecerás—dijo Bob, presagiándolo.
En las venas de Bob se concentró la furia contenida, desmesurada por el recuerdo de cómo quedó Bill, destrozado. ¿Eso era la vida? ¿Un cúmulo enquistado de dolor que tomaba la forma de muerte, enfermedades, destrucción, robos, asesinatos, y miles de faltas que eran tan agradables? Bob sabía que Bill no había vivido. Su peor castigo, había sido dedicarse a su madre, renunciando a su vida, y compartiendo el dolor que no le correspondía por derecho propio. ¿Acaso aquel lugar era un sitio para “Bills”? No. Qué desperdicio.
Le pegó más fuerte. En nombre de Bill.
—¡Dame más fuerte!—exclamó el castigado. La sangre, caía por su espalda como una fuente viviente o un volcán a punto de erupción. Los huecos de las heridas, horadados en la carne como una máquina de engranajes, habían dañado el cuerpo, pero Bob sabía lo que hacía, no podía acabar la diversión tan pronto; cogió los cuchillos, tenía que comerse su propia carne. Aunque le impresionó la idea de aves de presa en jaulas, ¿podría darles de comer a ellas la carne del castigado? Qué decisión más acertada. El club “The blood dirty”, había mejorado muchísimo.
—¿Por qué no?—Se dijo para sí mismo Bob en voz alta. Pegó de nuevo a la espalda del castigado, salpicándole la sangre en la cara; la carne muerta y dibujada por la falta del pecado, había servido de soporte para el improvisado mangual de castigo que ahora, yacía clavado en su espalda.
Bob torció una sonrisa lobuna al ver el reflejo de los cuchillos; las profundidades del agotamiento en su inventiva y perversidad no conocían límites, y aquel cuerpo, casi fresco a la violación y profanación consentida, estaba pidiendo a gritos su mano y su sexo, quizá no en ese orden.
—¿Quieres probar tu carne? ¿O se la doy de comer a los halcones?—Bob se detuvo para ver la reacción que despertaban sus palabras en él, pero el peso invisible del dolor hacía todo demasiado lento para sus planes.
A simple vista, el castigado sentía un placer hedonista, y onanista ante los envites de Bob; el dolor y el placer eran como drogas que, en su ausencia, le embotaban y atrofiaban el pensamiento. Sólo sabía decir la única palabra que servía para comprar esa droga: “Castígame, castígame”, como si hiciera caso a un guión improvisado.
Bob, cogió varios cuchillos. Había que concentrarse en el trabajo. ¿Cómo podría recuperarse el cuerpo elegido de semejante castigo? Estaba seguro de que las consecuencias de matarlo serían fatales para él, con lo que, debería inhibirse un poco; aunque luego tenía la certeza interior de que le matarían las heridas o la recuperación de ellas con el tiempo.
—¿Tienes preferencia por alguna parte en particular?—Bob jugó con los cuchillos en sus manos, como si pudiera cortar el aire.
—Castígame, tú sólo hazlo.
Bob sintió con desprecio la orden. La oscuridad y la calma de la habitación, adornada con imágenes grotescas y demoníacas, la llenaría de voz de suplicante dolor por el atrevimiento de darle órdenes. Ese pecador sólo estaba para sufrir, y para ver cómo la carne y la piel, le abandonaban al mismo tiempo.
—Vas a probar a qué sabes—giró la mirada—. También los pájaros probarán tu carne; ellos te liberarán, en su vuelo a las profundidades de tu castigado cuerpo.
Tiró del mangual clavado en su espalda hacia abajo, estirando la piel en tiras de carne y sangre. Los gritos, le llenaron de placer.
—Me voy a divertir contigo. —Le confesó, chupando la sangre del mangual al quitarlo—. Veo que tienes ganas de participar en todas mis penas, esto es mejor que follarse a Rebeca. Menuda puta. ¡Y qué placer produce esto!
“The blood dirty”, ¿qué mejor nombre que ése? A pesar de los cambios, había espacio para la misma diversión de siempre, espacio para meterse visiblemente debajo de su piel.
***
La visión de los pasos produjo un efecto inesperado en Bill. Sus ojos brillaban por el miedo y el alcohol como discos de mica, como si no pudiera creerlos. Quizá el estrés, el alcohol, y el impacto de todos los acontecimientos le estaban jugando una mala pasada, obligándole, a poner a prueba la realidad de aquella visión.
Pasó el dedo por la marca… Era sangre. No había duda; con la gota entre sus ojos, y la cara deformada por el miedo más interior, la gota, le miraba, como un espejo de lo que se avecinaba.
—¡¿Mamá?!—dijo en una exclamación de aturdimiento sobrecogido por lo inexplicable de la situación. Las manos le temblaron, y no fue menos el hecho de que, la oscuridad del pasillo, borrara sus propias huellas.
Bill escuchó en sus oídos la canción de la mecedora, apareciendo de dentro de él la inquietante frase… “Bill, hijo mío, ven, ven, reúnete conmigo”. Una tos, seguida de esputos abundantes, cortó el hilo de la conversación. Aquel triste pensamiento, derrumbó las defensas emocionales de Bill. ¿Era un cómplice involuntario de una locura? ¿O su madre se había manifestado desde otra realidad que no pudo retenerla?
—¿Mamá?—volvió a repetir, llamándola en un pedazo de necesita demanda.
Los pasos se reprodujeron a sí mismos, lo que hizo a Bill retroceder, saliendo corriendo hacia las escaleras; pero allí no estaba el portal, se encontraba al borde de un precipicio, sumido en la nada más inescrutable y absoluta, como un pozo sin fondo que se había tragado la posibilidad de escapar.
Aquella situación no era natural a la vida diaria, ¿dónde estaba? La fingida inocencia del desconocimiento, le dejó sin habla, sin poder ocultar su pavor más recóndito de su alma. La palabra precaución, no le abandonaba.
Bill tuvo que hacer un esfuerzo por apartar los ojos de aquella escena. La preocupante idea de que su madre estuviera del otro lado, le aturdía y le llenaba de esperanza al mismo tiempo, cosa que se veía reflejada en una sonrisa afectada y unos tensos dedos de las manos y pies. El hormigueo le subía por los pies, concentrándose, en un acalorado dolor picajoso en el rostro.
—Estoy acorralado como una rata, ¿qué demonios es esta bestia que me retiene?
““Bill, Bill, ven, ven, aquí la carne no duele, no hay temores, no hay nada que temer, ven hijo, ven…”“. La voz se ahogó, en sangre.
Bill no tardó en reconocer el timbre de voz. Era su difunta madre, no había duda. La tensa inmovilidad, le movió a rechinar los dientes, recordándole las frecuentes y molestas crisis nerviosas que había sufrido.
El espacio abierto que le invitaba a entrar, necesitaba reclamar la saciedad de sus emociones y dudas de alimento mental, pues de ser cierto, podría ver a su madre; sin tener que luchar contra el orgulloso y destructor cáncer.
Reponiéndose del momento, Bill se incorporó, demasiado rápido, con temor de perder el equilibrio y caer por el precipicio, pero no pasó nada. Caminando con decisión se detuvo, pues el corazón amenazaba con fallarle, obligándole a detenerse. Le ordenó que bajara el ritmo. El mudo dolor había tatuado su cara, entremezclado en un dolor que, temeroso de la decisión, había entrado en la lucha de la decisión que había tomado.
Sin más preámbulos, se dejó llevar. Escuchando la voz que le llamaba. Ya no había oscuridad, tan sólo una luz que salía de dentro de la casa como el Sol, sin cegarle la dirección de sus futuros pasos.
***
Bob, perdió el control. La zona que solía asociarse con la defecación normal, había sido abierta y estirada violentamente, dando el aspecto de que un demonio o un parásito había salido de su interior con inusitada violencia, escrutando la única salida posible: su dilatado y desgarrado ano. Lo cierto es que Bob había dado rienda suelta a sus pasiones más oscuras, y ahora, había un cadáver, inerte a emociones de culpa, celos, placer, o dolor… tan sólo la mudez del abrazo de la muerte. Como si Bob quisiera enmascarar sus culpas, puso en social libertad a los pájaros, posándose las patas y picos en el apagado cuerpo a devorar, con la única intención de comérselo en una afanosa tarea.
Bob estaba seguro de que sus acciones tendrían una repercusión inmediata; y no pudo evitar las separadas emociones de miedo y satisfacción resuelta que se debatían en su interior; ahora, en su mente sólo había espacio para sueños dislocados y amenazas futuras, del púgil que guardaba la puerta. “Lamentarás haber nacido”. ¿Qué podría hacerle si le encontraba? La comunión espiritual a la que habían asistido los dos, había servido para cavar dos tumbas; una más tarde que la otra, pero seguro que la muerte se llevaría dos por el precio de un justo culpable.
“Uno no se ríe al ver la boca de un dragón dormido”. Palabras que Rebeca dijo al escaparse de su casa, y que ahora, le daban la salida con un cifrado significado.
—¡Arriba, arriba, en el número cinco!—exclamó una voz de prometida amenaza.
Los vientos de la discusión física subían por las escaleras, a punto de acercarse a la lucha por la paz que debían de proteger.
—¿Qué hago, qué hago?—Los dientes de Bob castañetearon por su sí solos, dando un preaviso de lo que estaba por venir. La roca de la desesperación se interpuso entre la lucidez y la capacidad de maniobrar por su supervivencia, pues Bob, corrió hacia un lateral, como rápida respuesta a los golpes en la puerta del púgil guardián, imaginándose que fuera su cuerpo sin la resistencia suficiente de huesos rotos ante la fragilidad de la madera en los puños del púgil.
La puerta cedió. En un rincón, asustado y con los pájaros sobrevolando la habitación como buitres, el púgil—junto a otros dos más—le miraba con sed de sangre que destacó, en una sonrisa triunfadora…
—Te lo dije, vas a lamentar haber nacido. —Los gritos nacidos en el ambiente no tardaron en cambiar de los de la víctima castigada de Bob, a los suyos propios, en gorgoteos de lluvia sangrienta.
“He quemado una vida”. Fue lo último que le vino a la mente; también Rebeca follando, en gemidos de escalada montañosa de excitación sexual. El infierno sería su nuevo hogar, si existía. Sólo hubo silencio para las palabras, pero no para los golpes de puños, en un matón, ciego a las palabras habladas.
***
Bill había hecho acopio de valor para saber qué era lo que estaba pasando. Tenía la horrible sensación de no saber qué pasaba, de no adivinar que escamoteaba todo el despliegue que se abría su alrededor, como una atmósfera negra que se descorrería con la desgracia.
Se encogió. El valor no había sido suficiente acicate para controlar sus emociones y poder gobernar sus movimientos; el mundo que Bill había conocido no existía, y ahora, todo el universo que se desplegaba ante sus ojos era un trozo de su vida, descosido de la rutinaria normalidad a la que se había visto arrastrado.
““Bill, Bill, ven, ven, aquí la carne no duele, no hay temores, no hay nada que temer, ven hijo, ven…”“.
La voz. La portadora de esa voz no podía ser más que su madre, ¡pero qué encrucijada de emociones más diversas y desconcertantes! ¿Había algún ser humano que pudiera afrontar con entereza lo que tanto le había destruido en apenas unos segundos?
Bill siguió en la misma posición. Queriendo retroceder el tiempo.
““La vida está pagada con dolor. ¿Era todo esto un sueño de lo más real? ¿O había traspasado las franjas de la vida, entrando en los dominios de la muerte?”“.
Las sienes le ardían al pensar aquello. Tenía la boca seca, el cuerpo tenso, las emociones a flor de piel, y su pensamiento, iba despacio y concentrado en los misterios más peligrosos que le acechaban. ¡Cómo iba a estar el cadáver de su difunta madre detrás de todo esto!
La frase, volvió a llamarle. ““Bill, Bill, ven, ven, aquí la carne no duele, no hay temores, no hay nada que temer, ven hijo, ven…”“.
Un resorte incontrolable saltó en su interior. La fuerza del deseo y del miedo, le hicieron moverse, viendo que el reducido espacio en el que se había sentido seguro, desaparecía. Si no corría, moriría en la nada; transformándose en hermano gemelo de ella.
¿Qué clase de genuina locura tenía todo aquello?
Caminó por encima de las huellas sangrientas. El rastro era tan sumamente fresco que, la sangre, marcaba los tejidos de los músculos con nitidez, y la forma de los pies, quedaba mapeada por la desnudez de la piel en ellos. La forma y la posición ampliaba el abanico de soluciones posibles a unos raros pasos para un humano, dando a entender que habían participado más extremidades; Bill no daba crédito a lo que podría encontrarse del otro lado: pero no le era posible retroceder.
““¿Dios mío? ¿Cómo me enfrento a esto? ¿Qué pasará ahora y a qué destino me has sometido?>.
Una tormenta se desplegó en el aire—ahora negro—, invisible. Los látigos de la naturaleza se concentraban en secciones inalcanzables para la vista de Bill, y, la virulencia que se aproximaba sobre su cabeza, le hizo entrar en la casa que tanto había olvidado—sin llegar a hacerlo del todo— en los últimos momentos de su solitaria vida. Le hubiera gustado olvidar quién era, pero no sabía ni podía hacerlo.
Pronto Bill olió un penetrante sabor de acidez por los huecos de su nariz, olor desencadenante al estornudo fácil. Era ceniza. Como gotas espaciadas y de todos los colores ante sus ojos y la oscuridad luminosa…
Bill abrió los ojos como platos de seducción al miedo. ““¡No me lo puedo creer!”“.
El rastro le había llevado ante una imagen que no supo describir, ni asimilar. Su madre, se balanceaba en un balancín, con sólo la carne sangrienta por el cuerpo a modo de traje funerario. También el hueso estaba visible a los ojos de Bill, sin más visión que los gusanos que la estaban devorando con calma y estudioso detalle. Con sus dedos, raquíticos y con la capacidad de pintar su vida en las paredes, escribió: “Estoy en el infierno, hijo, sólo tú puedes salvar este error”. Sus ojos y su rostro, estaban contraídos, en una mueca de angustia mortal.
—¡Madre, madre, qué la ocurre!—Bill corrió a auxiliarla, pues no hacerlo, le parecería una traición a la voluntad de la persona más inocente que había habido en su vida.
—¡Ven con mamá!—Le abrazó, en un sentimiento de deseada recreación humana.
—¿Madre? ¡Realmente es usted!—exclamó Bill, con los ojos y el espíritu colmado de emociones y lágrimas.
Pero la madre no dijo nada, sólo le besó, absorbiendo su aliento vital en dosis venosas en el cuello de Bill; la fuerza ejercida sobre él era tan precisa, y los movimientos tan calculados, que a los pocos segundos cayó al suelo, despojado de su vestimenta carnal.
Desde ahora, era un ser como su madre. Lisiado y enfermo a la estética natural humana, como unas esculturas carnosas, escapadas de la muerte.
—Ven hijo mío, aquí, no hay dolor. — Le prometió, con un dulce temperamento.
—¿Pero por qué, madre? ¿Por qué?—dijo Bill, en un aire interrogador.
—El rincón de este mundo, es mucho mejor que el mundo entero, hijo mío. Ven. —Le ordenó.
Bill sintió un matiz de seguridad en sus palabras, pero su ignorancia pudo más que el entregue total.
—Tengo miedo, madre. Pero aquí no me ata nada, quiero ir con usted si es seguro. ¿Acaso no hay que temer de las lenguas llameantes del Infierno?
—No hay riesgo ninguno, cielo mío. Ven—dijo con decisión—. Sigue la actitud natural de quien es feliz, no tengas miedo de lo que has perdido: eso sólo es una ilusión pasajera de tus antiguas creencias y costumbres.
De debajo de ellos, se abrió un cráter visual, haciéndolos desaparecer en cientos de brazos que les atraparon, mostrándoles el revelador camino que se les abría en una nueva vida.
La estéril escena de movimiento humano, quedó apartada a una silenciosa conversación con los objetos materiales del entorno: las fotos, los cuadros, los objetos, y los bienes más preciados del más común de los habitantes de la casa, se quedaron, ahora, huérfanos de dueño.
El envoltorio humano de Bill, ardió en una esquina, como piel de una alimaña que acababa de ser cazada por un cazador oculto, en un acto de orgullo, por dejar atrás su pasado, en un incierto y generoso futuro.


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