De lo bello
Lo bello, verdaderamente necesita amarse. ¿Pero qué es lo bello? Detrás de todos los conceptos aprendidos y capas de abstracción que podemos hacer de lo bello en nuestra mente, anidadas de imágenes estereotipadas, o de medias verdades heredadas, ¿no amamos lo verdadero por encima de todo? Lo que, realmente, sigue nuestra naturaleza guiada en un solo sentido a caminar: lo que amamos de verdad. ¿Tiene que ser necesariamente bello? Yo creo que no; tan sólo, verdadero en amarse, y por tanto, no hay leyes que ofrezcan una explicación razonable y mecanizada de lo que es un sentimiento humano que, precisamente, pone en el punto de mira nuestra superior humanidad, tan jactada de ser controlada y resuelta en las cuestiones más apremiantes. ¿Puede, acaso alguien decir, que ha amado con sumo detalle y planificación, y que nunca ha estado a la merced de la incertidumbre de un beso o del lenguaje del cuerpo más íntimo, en un movimiento sin palabras que da a luz una sinfonía de recuerdos amados u odiados? ¿Posee algún erudito o sabio, la transcendental razón del porqué se ama?
Hemos creado a lo largo de la historia, todo un panteón ilustre de leyes para estos procelosos deseos; ¿quizá es porque es posible vencer las circunstancias que nos llevan al gobierno de amar en territorio desconocido? ¿Qué clase de fuerza es ésta, que es capaz de vencer las experiencias generales que nos gobiernan los días, aunque no se renueven, y que puede crecer y vencer las demás pasiones con violencia hasta borrarlas, hacerlas minúsculas, o incluso—con mayor gravedad—hacer perder la vida y la cordura sin vacilaciones, por una esperanza enferma de amar, por muy remota que ésta sea de alcanzar? Lo realmente curioso de todo esto, es que ambos, son actores y escenario de unas fuerzas pasionales, que como cronistas, les hace pasar a los anales de su historia vivida. ¿No es posible que lo bello sea una forma de decir, que las observaciones que hacemos de lo observado, pueden ser motivo de una atracción legítima que encienda el deseo? Qué es el deseo..., si no una forma de encender una llama que cause un incendio… o un leve halo de luz.
Fíjense, queridos ojos que me leen, que tal fuerza, por mucho que nos empeñemos en creernos muy independientes y con la suficiencia de actuar conforme a lo que dictaminemos a la voluntad, esta palabra aparece una vez, o más de una, para movernos en la dirección, con la gravedad, y el destino, que ella desee. ¿No puede una pasión de este calibre, tener el influjo mental y de conducta suficiente para enviar al ser humano a las profundidades más oscuras? Hablo de un lugar, en el que no mucho, ni pocos, les ha conducido prisioneros y fugitivos de liberarse de esta desconcertante situación, al interior de un manicomio. Posición que no alabo, pero que existe. Si no hacemos la analogía, de que el manicomio amoroso muchas de las veces aprisiona en su camisa de fuerza a nuestra mente.
Se me podría acusar de alarmista, de catastrofista, e incluso, de exagerado en las consecuencias, y puede que tengan razón en más de un aspecto; a lo sumo, les invito a que presencien la separación de dos personas que se aman de verdad—es decir, que no pueden controlar sus deseos— y verán la naturaleza del desastre. Por ejemplo, hay varios casos en los diarios ingleses—más enervados y acusados en los franceses—, de suicidios de amantes desesperados por la separación de la amada y futura realidad, que les gustaría transformar, en una cercana esperanza real. ¿Catástrofe? No. En realidad, es fruto de una fuerza romántica…
Si soy del todo sincero conmigo mismo, y por esto, con los que me leen, nunca he comprendido cómo dos seres que se aman con sinceridad sentimental y que creen—pues deben descubrirlo en la naturaleza que les gobierna— amarse, y por consiguiente, encontrar la suprema felicidad, no rompen con toda la hipócrita red de convencionalismos sociales, y dejan a un lado, todo género de vergüenzas limitadores y gratuitas atesoradas por segundos y terceros, que no gozan de nuevos caminos. Pensando en tristes casos antes en matarse ambos, sin saber si realmente existe otra vida más amable que ésta. Cosa que puedo experimentar cada día, en la placentera y confortante observación ocular de amantes frustrados—escuchando algún que otro comentario hiriente—, y de mi perra. Es más, hay un cierto recelo y tácticas complejas en los seres humanos, y en las que los animales, también poseen en ciertos instintos de cortejo—y de seducción—, que atraigan los vientos del amor. Por ejemplo, mi perra, se dedica a ponerse en el paso de mayor tránsito en la vivienda, desatando sus emociones persuasivas y de guía a la libertad de la calle—sin muros que la coarten de seducir, no más que a su encarcelamiento—; si un día no logra su propósito: la inquietud y sus patrones de comportamiento, cambian, tornándose en más agresivos e insistentes. El día que está en una posición privilegiada, y con ganas de sentir el poder de su sexo, se dedica a estudiar el terreno, buscando el macho más favorable a su ideal de amar; sin embargo, todo se lo toma como un juego, hasta que no puede gobernar la llamada de la sangre animal. Tengo constatado de que, comienza como un cortejo—pequeños ataques de pasión—que como hilos de pesca, atraen al que le produce mayor deseo. ¿Qué mejor candidato para el corazón y su prole? Está tomando mayor forma en mi mente, que los más jóvenes son los más predispuestos a esta naturaleza indescifrable de enamoramientos repentinos, o de amores sufridos. Curioso que se ame el dolor. ¿En qué lugar deja eso a la felicidad?
Hay quienes dudan del amor y de su importancia; hay quienes creen que no existe, que la fuerza no es tan poderosa y sugestionable; pero dicen eso porque no la han experimentado: sólo pequeñas dosis inocuas, que les han producido ciertas sensaciones que trataban de escapar de su estado de tranquilidad. Yo creo que los que dudan del amor, son los que más sorprendidos quedan por él. ¿Qué tipo de belleza hay en esto? El porqué esta materia, es tema eterno de poetas y por qué no se ocupa de ello la filosofía tiene su lógica… un filósofo raramente ama con los ojos y el corazón del poeta, aunque éste, no sea más amante que el sabio al conocimiento. ¿Estará escondida la respuesta en la antropología humana o en su historia de errores semejantes?
Los enamorados tal vez, como los poetas, propenden la eternidad de las imágenes de su amor, en lo sublime, lo inmortal, y la intensidad experimentada por sus sentimientos aductores. Causa admiración que los resortes de este sentimiento, rivalice con los alcances del deseo de estar vivo, y en algunos acusados casos, con contemplar el mundo en un último amanecer mortuorio. La humanidad entera se mantiene de este sentimiento; es el fin último de todo esfuerzo humano: ¿hay tal cosa que no logre causar admiración y estupor por su eficacia? Los sabios, los mediocres, los hombres de negocios, los de éxito, los más desafortunados, los más malvados y benévolos… todos ellos, han podido cometer una locura por amor. Por amar. Por el fin último de la vida. Incluso es tratado como tema intelectual, y de enconadas discusiones… ¿hay algún segmento social que lo desconozca o que no siente su llamada? Si hasta la Iglesia lo teme… no sólo por sus virtudes, también por sus consecuencias: rompe relaciones estables, negocios, amistades, y elige por víctimas la salud, la enfermedad, la alcurnia, la pobreza—raros casos—, la honradez, y todo una serie de obstáculos a superar, para satisfacer esta necesidad de amar en sus más bajos y altos títeres. ¿Por qué tanto alboroto, porque este jaleo por destruir lo que impide ese deseo? ¿Qué ocurre con nuestra querida moral, ante esta fuerza arrolladora? Viendo algunos casos, es cosa de demonios. Personas con sed de amar, y que se transforman en arrebatos, miseria, y ansiedades amorosas que les llena la boca y el cuerpo de energía destructora. ¿Es un bien o un mal? No puedo evitar sonreír, pues está fuerza ya fue creada mucho antes de que el hombre existiera—y de las religiones—, y la cual, busca su propio beneficio, en fuerzas de atracción de las que mantenerse.
¿Habéis observado de primera mano la naturaleza en estos casos? Cosa sencilla: tan sólo se trata del macho que se ayunte con su hembra. Puede parecer una fruslería, cosa de poca importancia; pero el velo de la realidad se descorre poco a poco, mostrando la formalidad del protocolo y el ímpetu de persecución. ¿Os suena? Reproducirse, cruzar los genes… ¡qué egoísmo!—sacrificarse por la generación próxima—. Más grave debe ser el celibato… ¡amén!
Los futuros seres que existan, gracias a esta empresa amorosa, que los haga existir, sin existir todavía; dependen en absoluto de la naturaleza que una a los amantes opuestos. Del grado de pasión que despierte el amante, y de su valor como fecundador a la futura estirpe que, como actores sin escenario, tienen un futuro similar de eterno retorno para propagar los genes más propicios a reproducirse en su curso natural de las cosas. Bien pensado, los grados de amor, no son más que los distintos niveles de deseo de procreación de supervivencia; creadores de hechos, que dan lugar a los sucesos más favorables y perpetuadores de la especie actual y futura.
Puede que sea una visión dual la que expongo, pero es la de la humanidad entera, que tiende a perfeccionarse incluso en los mecanismos amorosos, y en la dosis sentimental, que influye en la elección a repartir en las especies. ¿No es legítimo pensar, que una forma de vida más inteligente, tenga medios y métodos más sofisticados para mantener segura y reproducir con garantías de éxito su supremacía? Todo esto se resume en el amor, que con sus grados de ascenso y caída, marca los tiempos de ventaja y desventaja para los doloridos amantes, otorgando un tremendo poder, a cada individuo que desea reproducirse en la constitución de la humanidad, y de sí mismo. El amor no une nada más que, la voluntad de vivir entre individuos, y en la suma, de la especie.
En resumen, la belleza—o lo bello—, es la máscara de esta pasión instintiva, que evoluciona y se perfecciona con el arte, y reclama su posición, con nuestra existencia arrasadora. Verdaderamente, es digno de amarse.


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